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No es posible abordar aquí una revisión de un campo tan amplio,
relevante y central para la historia humana como el de la moral
y sería igualmente pretencioso aunque fuera sólo para poner en perspectiva
el papel de la televisión en el desarrollo moral, resumirlo en unas
pocas ideas. Lo que intentaremos más modestamente será reflejar,
de manera más bien sumaria, cuáles han sido las preocupaciones,
los énfasis de la comunidad social y los acercamientos de los investigadores
al problema.
En general han sido los problemas de convivencia social, más que
los ideales de las diferentes religiones, culturas y tradiciones
(aunque sin duda estos se reflejan indirectamente en los primeros),
los que de manera más específica han canalizado los debates de la
opinión pública sobre la influencia televisiva, y los acercamientos
de los investigadores al análisis y medición de esa influencia.
Con un cierto sentido práctico han sido los problemas que afectan
a las relaciones humanas y la convivencia social –lo que podríamos
llamar la moral sobre los comportamientos público– los que han centrado
el debate moral en la última parte del siglo que acaba de terminar,
quedando más en la sombra los problemas morales de la conciencia
o el “interior” de las personas.
Quizá debido a ello y como hemos podido apreciar en el capítulo
anterior (y pese al indudable impacto de los modelos y paradigmas
que han divulgado las nociones de un ser humano aislado, a imagen
y semejanza de la máquina: la metáfora computacional de la mente
humana), han sido las concepciones sobre la naturaleza social del
ser humano las que han configurado la agenda del desarrollo moral.
Sin duda estas teorías sociogenéticas conocen una segunda etapa
de protagonismo, desde la antropología a la sociología, desde la
psicología a la educación, pasando desde luego por la comunicación
(Valsiner, 1999, 2002).
La moral humana preocupa por tanto en los contextos de la comunicación
social en cuanto que tiene un impacto directo sobre la convivencia.
Cuando Acosta y la Escuela de Salamanca afirman que es más importante
haber descubierto otros hombres (a los indios) que otras tierras
(las Indias), y que ello plantea un desafío mayor a las ciencias
morales y sociales que a las ciencias naturales, abordan por primera
vez el gran problema de convivencia de la globalización, avant
la page.
La aldea global mcluhiana nos ha confrontado con el problema material,
tecnológico y político de gestionar una economía y unas relaciones
físicas en un contexto mundializado. Pero sobre todo nos ha enfrentado
a un problema social y moral. Las comunidades y culturas humanas
ya no pueden ignorarse, odiarse y resolver sus ignorancias, prejuicios
o creencias por la agresión y la destrucción de unas sobre otras,
o dejando fuera de nuestro mundo el problema, por la expulsión y
el corrimiento de fronteras sobre un mapa sin límites conocidos.
La aldea global nos ha hecho congéneres y co-ciudadanos físicamente,
obligados a con-vivir en un mapa limitado, del mismo modo que las
ideas sociales de grandes religiones o ideologías nos trataron de
aproximar o “aprojimar” y hacer mentalmente camaradas o hermanos.
Es evidente que este gran problema de cómo nos comportamos unos
con otros se ha unido ya inextricablemente con el de cómo nos construimos
unos a otros, cómo nos representamos y nos valoramos. La moral y
la comunicación convergen, como siempre ha sido, pero ahora en un
espacio audiovisual globalizado en que la televisión tiene por el
momento una muy visible y ruidosa primera palabra.
Este énfasis en la convivencia y en las relaciones sociales ha
focalizado la atención tanto de la opinión pública como de los investigadores
sobre una dimensión moral: en su versión negativa, sobre la agresividad
y la violencia; en su versión positiva, sobre el llamado comportamiento
prosocial, la empatía y la bondad hacia los demás.
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