7. LA TELEVISIÓN Y EL DESARROLLO MORAL. EL PROBLEMA DE LA VIOLENCIA

1. La moralidad humana es una construcción cultural de toda una comunidad y que debe formar parte estructural de su cultura. No está garantizada automáticamente por la maduración.

2. La investigación subraya que la capacidad para sentir y comprender al otro está en el centro de la formación moral y que los contenidos audiovisuales juegan un papel crucial para generarla o para amortiguarla. La televisión no se ha mostrado inocua, sino activa, y ha mostrado una fuerte e igual capacidad para modelar e influir en conductas prosociales y antisociales.

3. La evitación o disminución de contenidos que puedan promover la inmoralidad y la violencia y su “amortiguación ecológica” (en la situación de recepción) de los programas con impacto negativo es una opción necesaria.

4. Tan importante o más es la promoción de programas de calidad y con impacto en la audiencia que promuevan valores prosociales y modelos morales que vayan en la dirección de los ideales constructivos consensuados por la comunidad.

5. La investigación alerta del peligro corrosivo de la doble moral. Tiene un impacto aún más negativo en el desarrollo proponer modelos violentos e inmorales combinados con modelos pacíficos y morales que proponer sólo modelos violentos.

 

7.1. INTRODUCCIÓN: CONVIVENCIA SOCIAL Y MORALIDAD

No es posible abordar aquí una revisión de un campo tan amplio, relevante y central para la historia humana como el de la moral y sería igualmente pretencioso aunque fuera sólo para poner en perspectiva el papel de la televisión en el desarrollo moral, resumirlo en unas pocas ideas. Lo que intentaremos más modestamente será reflejar, de manera más bien sumaria, cuáles han sido las preocupaciones, los énfasis de la comunidad social y los acercamientos de los investigadores al problema.

En general han sido los problemas de convivencia social, más que los ideales de las diferentes religiones, culturas y tradiciones (aunque sin duda estos se reflejan indirectamente en los primeros), los que de manera más específica han canalizado los debates de la opinión pública sobre la influencia televisiva, y los acercamientos de los investigadores al análisis y medición de esa influencia. Con un cierto sentido práctico han sido los problemas que afectan a las relaciones humanas y la convivencia social –lo que podríamos llamar la moral sobre los comportamientos público– los que han centrado el debate moral en la última parte del siglo que acaba de terminar, quedando más en la sombra los problemas morales de la conciencia o el “interior” de las personas.

Quizá debido a ello y como hemos podido apreciar en el capítulo anterior (y pese al indudable impacto de los modelos y paradigmas que han divulgado las nociones de un ser humano aislado, a imagen y semejanza de la máquina: la metáfora computacional de la mente humana), han sido las concepciones sobre la naturaleza social del ser humano las que han configurado la agenda del desarrollo moral. Sin duda estas teorías sociogenéticas conocen una segunda etapa de protagonismo, desde la antropología a la sociología, desde la psicología a la educación, pasando desde luego por la comunicación (Valsiner, 1999, 2002).

La moral humana preocupa por tanto en los contextos de la comunicación social en cuanto que tiene un impacto directo sobre la convivencia. Cuando Acosta y la Escuela de Salamanca afirman que es más importante haber descubierto otros hombres (a los indios) que otras tierras (las Indias), y que ello plantea un desafío mayor a las ciencias morales y sociales que a las ciencias naturales, abordan por primera vez el gran problema de convivencia de la globalización, avant la page.

La aldea global mcluhiana nos ha confrontado con el problema material, tecnológico y político de gestionar una economía y unas relaciones físicas en un contexto mundializado. Pero sobre todo nos ha enfrentado a un problema social y moral. Las comunidades y culturas humanas ya no pueden ignorarse, odiarse y resolver sus ignorancias, prejuicios o creencias por la agresión y la destrucción de unas sobre otras, o dejando fuera de nuestro mundo el problema, por la expulsión y el corrimiento de fronteras sobre un mapa sin límites conocidos. La aldea global nos ha hecho congéneres y co-ciudadanos físicamente, obligados a con-vivir en un mapa limitado, del mismo modo que las ideas sociales de grandes religiones o ideologías nos trataron de aproximar o “aprojimar” y hacer mentalmente camaradas o hermanos. Es evidente que este gran problema de cómo nos comportamos unos con otros se ha unido ya inextricablemente con el de cómo nos construimos unos a otros, cómo nos representamos y nos valoramos. La moral y la comunicación convergen, como siempre ha sido, pero ahora en un espacio audiovisual globalizado en que la televisión tiene por el momento una muy visible y ruidosa primera palabra.

Este énfasis en la convivencia y en las relaciones sociales ha focalizado la atención tanto de la opinión pública como de los investigadores sobre una dimensión moral: en su versión negativa, sobre la agresividad y la violencia; en su versión positiva, sobre el llamado comportamiento prosocial, la empatía y la bondad hacia los demás.

 

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