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Decíamos en el capítulo anterior, refiriéndonos a la comprensión,
que la construcción que realiza el sistema psíquico animal de la
realidad (desde sus funciones naturales) es ecológica: instintos
y contexto forman un sistema articulado. Es decir las variables
innatas y las variables del medio, en interacción y adaptación recíproca,
proporcionan al organismo una estructura del mundo.
La construcción que realizamos los humanos desde nuestras funciones
superiores del mundo cultural –que es un medio por así decir re-mediado–
es también ecológica, pero incorpora a la ecología natural una segunda
ecología adicional de otro nivel. El mundo se re-construye y se
re-estructura gracias a un conjunto de estructuras perceptivas y
cognitivas aparecidas históricamente, un conjunto de mecanismos
sociales y artificiales que nos apropiamos e interiorizamos.
Pero, al igual en esto que con la organización natural de la realidad,
es mejor que el mundo sea culturalmente muy estable para facilitar
esa apropiación. Eso es lo que ha venido ocurriendo en el caso de
los entornos de vida tradicionales, muy pautados y ritualizados.
Pero si el contexto está sometido a un rápido y profundo proceso
de cambio, como ocurre actualmente, el esfuerzo de organización
psicológica que debe acometer el individuo se hace mayor y doblemente
necesario si quiere lograr una construcción estructurada de la realidad
(del Río y Álvarez, 1992c).
¿Qué es pues “la realidad”? Para abordar una explicación funcional
debemos volver al concepto de mediación que introdujimos en el capítulo
1. Lo haremos paritendo de una cita de Leslie White que plasma con
tanto acierto antropológico como literariao el proceso de la filogénesis
por el que nuestra realidad como simios se convirtió en otra realidad
como hombres:
El hombre se diferencia de los monos y, de hecho
y por lo que sabemos, de todas las demás criaturas, en que es
capaz de una conducta simbólica. Con las palabras el hombre crea
un nuevo mundo, un mundo de ideas y de filosofías. En este mundo
el hombre vive de manera tan real y verdadera como en el mundo
físico de sus sentidos. De hecho el hombre siente que la cualidad
esencial de su existencia consiste en ocupar ese mundo de símbolos
e ideas o, como a veces lo denomina, el mundo mental o espiritual.
Este mundo de ideas ha llegado a tener una continuidad y una permanencia
que el mundo externo de los sentidos nunca podrá tener. No está
hecho sólo del presente, sino también del pasado y del futuro.
La temporalidad no es una sucesión de episodios desconectados,
sino un continuum que se extiende al infinito en ambas direcciones,
de eternidad a eternidad (Leslie White, 1959, 274).
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