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Vygotski distinguía dos épocas muy marcadas en la infancia relacionadas
con un modo oral visual de pensar y otro modo oral-escrito. Una
en la que el niño pensaba visualmente, dejándose llevar por el entorno
sensorial y la situación concreta, de modo que podíamos decir que
re-conoce las cosas pero no las conoce, no es realmente capaz de
reconstruirlas, de pensarlas, y depende del contexto presente y
de las imágenes recordadas. Otra etapa, cuando se escolariza y aprende
a pensar guiado por la palabra y por grandes estructuras narrativas
y lógicas, en que realmente construye, deconstruye y reconstruye
las cosas, apoyado en ese conocimiento estructural. El entorno sensorial
pasa a ser interpretado desde el semántico. El niño conoce y no
sólo reconoce. Las dietas televisivas de carácter más sensorial
corren el peligro de contribuir a mantener al niño toda su vida
en la primera etapa, si otras cosas no vienen a remediarlo. Esa
primera etapa tiene grandes limitaciones: el contagio, la imitación
y el condicionamiento dominan sobre el pensamiento; la dictadura
de lo concreto, sensorial y presente sobre la libertad de la imaginación
constructiva del futuro; lo episódico del reconocimiento sobre lo
semántico del conocimiento; lo emocional sobre lo sentimental; la
moral sensorial sobre la moral narrativa y social sobre la racional
y lógica.
Si la estructura actual del mundo sensoriomotor real del niño tuviera
la estabilidad y la estructuración que no encuentra en la televisión
tendríamos aún un problema, pero éste no sería tan grave. Sin embargo,
no es así: el mundo real que rodea al niño también es, de alguna
manera, un mundo de unidades aisladas, un mundo discontinuo y fragmentado,
inestable y desarticulado cuyo sistema general y el papel y la actividad
personal que el niño puede jugar en él no le quedan a éste claros.
En las culturas tradicionales se ayudaba al niño a ordenar el mundo
con modelos culturales sistémicamente estructurados (Álvarez, 1996;
Valsiner, 2002). Además, ambos órdenes de estructuras solían coincidir.
Hoy ambos órdenes, la realidad de la acción y la de la representación
no están estructurados y no convergen fácilmente. Si al menos uno
de ellos se mantuviera podría hacer de referente para el otro, de
modelo.
La televisión no siempre acepta esta responsabilidad para con el
niño. Y la escuela no parece poder resolver por sí sola ese problema:
su realidad no es hoy para el niño una realidad de la vida, sino
del “saber”, y no la toma como modelo del mundo. Además, como señala
Donaldo Macedo (1993), ha caído en el proceso de adoctrinamiento
más que en el de educación, de modo que se valora la cantidad de
conocimiento de muchos hechos más que la estructuración y, como
en muchos contenidos televisivos, con frecuencia se toman las contradicciones
como irrelevantes. Los niños que fracasan en los concursos infantiles
de saber en televisión no parecen ni avergonzados ni conscientes
de su ignorancia: no hay errores mayores, todos son menores, todos
los saberes son mosaicos. D. Macedo llama a esa capacidad intelectual
de leer y aprender mal, “leer la palabra y no el mundo” (reading
the word, not the world) y lo considera una forma disfrazada
de analfabetismo funcional.
Si existen necesidades psicológicas básicas para la infancia, una
de ellas es la necesidad de contar con un entorno cultural pensado
para construir el pensamiento y el sentimiento, que no sólo brinde
la posibilidad, sino que haga inevitable esa construcción
del significado y el sentido. Y ese mundo debe ser, como señalan
Bronfenbrenner et al. –tras una revisión de los procesos
de desarrollo en contextos eco-culturales de la infancia en todo
el mundo– estable, relacionado y comprensible.
En general, los contenidos infantiles actuales de televisión no
ofrecen al niño un modelo de mundo articulado con un pasado y un
futuro que se conecten en el presente del niño, asegurando así una
relación clara y estable entre las cosas. Tienden, por el contrario,
a una cultura instantánea, no relacionada, y que opera recurriendo
al contagio, la reactividad y el mimetismo.
Si comparamos lo conocido por la psicología sobre el desarrollo
y el funcionamiento de las capacidades cognoscitivas y de representación
con lo que nos muestra la investigación sobre las dietas televisivas
y su impacto en el niño, emergen dos conclusiones claras: la primera
apunta a que la actual dieta concurre en general con un cierto déficit
de estructuras de nivel alto que puedan articular el mundo audiovisual;
la segunda, muy relacionada con la anterior, a la falta de integralidad
que se aprecia en la programación, que descansa en unas rutinas
y procedimientos profesionales en que los diversos contenidos obedecen,
cada uno de ellos, a su propia lógica, quedando a faltar una lógica
común que permita al niño construir con eficacia un “marco retórico”
en el que integrar y atribuir sentido todo ese conjunto necesario
de estructuras cognitivas para la gestión del significado. Creemos
que la lectura de los restantes capítulos de esta segunda parte
permitirán comprender con más claridad este problema de la estructuración
y la integralidad y, especialmente, las alternativas existentes
para el diseño audiovisual y las programaciones positivas.
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