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Las dos últimas décadas, especialmente la última, van a alertar
sobre la insuficiencia de la alfabetización que se realiza. Freire
y Macedo (1993) señalan que el niño norteamericano de hoy es capaz
de leer la palabra, pero no el mundo (“read the word, not the world”).
Egan (1991, 2000) expresa su preocupación por la trivialización
de los aprendizajes y la superficialidad verbal, junto a una pérdida
de núcleo narrativo. Otras voces apuntan a características de la
mente de las nuevas generaciones en que se acumulan efectos sumados
de la escolarización actual –centrada en amplios curricula
de saberes fragmentarios y descontextualizados– y de la actual cultura
audiovisual (Perkins, 1992; del Río, 1996b). Juntos parecen fomentar
un pensamiento mosaico, asociativo y sensorial. Perkins caracteriza
dos señales de alarma que él denomina, por restringirnos al campo
educativo, “conocimiento frágil” y “pensamiento pobre”. Parece que,
más que nunca, es necesario un sólido marco retórico del mundo,
un núcleo compartido de narrativas que conjunten una cosmovisión
bien estructurada, y a la vez una enseñanza de la lectoescritura
que permita su uso eficiente en situaciones de actividad real en
el mundo cotidiano y profesional, de los intereses personales y
colectivos, más allá de los muros del aula.
Si nunca deberíamos haber considerado fácil y automática la alfabetización,
¿qué mutaciones han sufrido en la historia reciente la escuela por
una parte y el contexto cultural extraescolar por otra, y cómo pueden
afectar a ese proceso de aprendizaje?
La crisis abierta en los últimos veinte años alrededor de la enseñanza
del lenguaje escrito nos debe hacer reflexionar sobre la orientación
educativa de lo que, sin exagerar, podemos considerar una de las
grandes fuerzas genéticas del hecho humano. No parece fácil que
vayamos a encontrar en las nuevas tecnologías una sustitución automática
y sin problemas de la tecnología literaria para construir las funciones
superiores. Y por otra parte sólo con una visión simplista y lineal
podría pensarse que las nuevas tecnologías y sistemas simbólicos
vienen a sustituir al lenguaje verbal escrito; más bien las nuevas
tecnologías de la mente podrían reforzarlo y mejorarlo, pues definen
un complejo adicional que exige la reestructuración cultural en
un sistema más amplio, rico, y a la vez comprometido conjunto de
mediaciones que deben ser dominadas por las nuevas generaciones.
La tradición educativa ha ligado el dominio de los aspectos centrales
de la condición humana (el pensamiento y la apropiación de los sentimientos
y contenidos de las identidades culturales o nacionales) al aprendizaje
de la lectura y de la escritura. Aprender a leer y escribir equivalía
así a acceder a una especie de código mágico y universal del pensar
y el sentir; a un acervo universal de la ciencia y a otro, más indefinido
pero más hondo, de la historia personal y colectiva y del sentimiento
y la personalidad, de la propia cultura. Estos dos aspectos de la
lecto-escritura, de cábala simbólica universal uno, de herencia
cultural y sentimental otro, han permanecido como valores esenciales
en el debate social, político y pedagógico. Es cierto que en los
últimos tiempos se abre y encarniza una innecesaria batalla entre
la primera dimensión y la segunda. El predominio de la primera,
centrándose en el código universal cognitivo y dejando de lado el
contenido cultural afectivo, ha reforzado una visión formal de la
lectoescritura, concebida como herramienta y código del pensamiento
universal. Ha quedado así un tanto marginada la tradición lectoescrita
histórica, más humanística y sensible a una mente de más amplio
espectro, abierta a la vez a la forma y al contenido.
En este escenario, las cosas se van a ir complicando en ambas dimensiones.
Por una parte, la aparición histórica y el rapidísimo desarrollo
de nuevos medios (televisión, redes, ordenador, multimedia),
nuevos sistemas simbólicos (informáticos, audiovisuales,
ideográficos, etcétera) y la progresiva extensión del plurilingüismo
como pauta, hacen que la codificación lectoescrita sea menos simple,
menos universal y menos estática. Por otra parte, la batalla por
la identidad de las culturas se va a ir polarizando cada vez más
hacia el dominio en el mercado de los modelos y repertorios culturales
propios y en su apropiación por los ciudadanos, estando estos repertorios
escritos en los diversos sistemas simbólicos (alfabéticos, audiovisuales,
hipertextuales, etcétera). Por supuesto esta interpretación de la
situación puede no ser compartida por las fuerzas institucionales
dominantes que pueden seguir tratando de suponer y de así imponer
un patrón propio disfrazado de global o universal.
Como efecto combinado emerge además un nuevo hecho. Los efectos
genéticos de los medios de comunicación y la urdimbre cultural apuntan
a una “mente postmoderna” o a unas inteligencias audiovisuales que
parecen situarse en posiciones inesperadas respecto de los ideales
alfabetizadores. El hiato de sentido entre docentes y discentes,
entre generaciones alfabéticas y audiovisuales parece ahondarse.
¿Cuál sería el diagnóstico, el tratamiento y el pronóstico de esta
situación a la luz de una relectura genético-cultural de la lectoescritura?
Una propuesta ha sido la actualización del ideal democratizador
de la alfabetización a través de una nueva, compleja y –por qué
no– excitante campaña por la generalización de una multidimensional
“alfabetización global” o pedagogía de la multialfabetizaciones
(pedagogy of multiliteracies: The New London Group, 1996;
del Río, 1993; Lacasa, Reina, Rodríguez, Cruz y Alburquerque, 2000).
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