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La escuela moderna cimentó su prestigio haciendo accesible el privilegio
de la cultura formal que, por una parte, elevaba la mente permitiendo
entrar en el mundo elitista de “la cultura” y, por otra, proporcionaba
armas y herramientas para las nuevas oportunidades profesionales
que permitían la promoción social y laboral. Esos dos decisivos
bienes, tradicionalmente limitados a una minoría, se extendían con
la escuela a toda la población.
La campaña de la humanidad por la escolarización coincide con el
desarrollo social, político y económico del último siglo. No es
de extrañar que al final de él, habiendo cambiado el concepto mismo
de cultura y el perfil de las capacidades profesionales requeridas
en la nueva era, la escuela misma y su leit motiv de la alfabetización
se enfrenten a una necesidad de redefinición.
La meta de la escuela para la educación primaria era hacer accesibles
las herramientas de la “mente culta”, como la denominaban los psicólogos
de principio de siglo, a los escolares de todas las clases sociales.
Esas herramientas cognitivo-culturales, auténticas nuevas tecnologías
de la información del siglo XIX, constituían los pilares del currículum
de la “escuela de la alfabetización” que todavía se presenta como
modelo de referencia para el tercer mundo: leer, escribir y calcular
(las tres RRR anglosajonas: Reading, wRiting, aRithmetics).
La lectoescritura se ha considerado así, con cierta justicia, un
instrumento de explotación y/o de liberación, con frecuencia ambas
cosas a la vez, y proporcionaba un arma que asu vez se podía emplear
en un ámbito más o menos restringido de uso. Por ejemplo, los estados
esclavistas americanos prohibían legalmente enseñar a escribir a
los esclavos y ha sido frecuente en EEUU la prohibición a indios
e hispanos de leer y hablar su lengua nativa en las escuelas públicas
y de las reservas. En España, hasta el actual estado democrático,
el habla de las lenguas nacionales no oficiales, era –relativamente–
tolerada, pero no así la enseñanza escolar de la lectoescritura,
donde el control era mucho más férreo. El New London Group
(1996) ha podido así decir que:
La pedagogía de la alfabetización ha equivalido
tradicionalmente a enseñar y aprender a leer y escribir en las
formas estandarizadas, encuadernadas y oficiales del lenguaje
nacional. En otras palabras, la pedagogía de la alfabetización
ha sido un proyecto cuidadosamente restringido: restringido a
formas de lenguaje formalizadas, monolingüísticas, monoculturales,
y sometidas a normas. (p. 87).
En todo caso y desde el punto de vista de la tarea escolar, la
potenciación que proporciona la lectoescritura exige fuertes inversiones
y sacrificios del maestro y del escolar: aprender a leer lleva esfuerzo
y tiempo (sen el caso del inglés se ha hablado de al menos 1000
horas por alumno, Soltow y Stevens, 1981) y si en el siglo pasado
sólo lo conseguía a nivel funcional un tercio de los alumnos que
lo intentaban, el optimismo modernista de la racionalidad nos ha
hecho asumir como descontado que lo haga la totalidad. Pero la alfabetización
constituye no uno, sino toda una serie de procesos y mecanismos
culturales (Schneuwly, 1994), y es una función integral (o grupo
de funciones) adquirida recientemente en la historia cultural y
que no es por tanto natural, como andar. Como muy acertadamente
ha señalado Donald (2000) en el campo de la paleopsicología evolutiva,
no existe una zona genéticamente innata del cerebro para la lecto-escritura,
como sí ocurre con el habla. Estamos por tanto en un proceso históricamente
emergente, de gran calado, pero cuya implantación para la especie
se define en el escenario de lo que podríamos denominar “experimentos
culturales históricos”. En el final del siglo XIX y la primera mitad
del XX ese aprendizaje tiene lugar en la escuela, aunque se fomenta
desde toda una cultura que muy bien podemos definir como vocacionalmente
alfabética: la ilustración como camino al progreso. En ese mismo
período de final del XIX y primera mitad del XX, los medios, los
mitos y el imaginario, las mediaciones instrumentales que controlan
la actividad profesional y técnica, pasan todos por el código central
de la lectoescritura. La actividad escolar y la actividad social
ejercida desde una sólida conciencia cultural coinciden ambas en
ese protagonismo de lo escrito. Ese mínimo de mil horas escolares
requiere pues apoyo para extenderse en toda una cultura que rodee
al escolar en una sociedad que respeta la lectoescritura y vive
con ella como herramienta cotidiana y marco de referencia.
Estas breves consideraciones tienen el objeto de ir apuntando hacia
los aspectos dimensiones en que la alfabetización se hizo fuerte
y en las que hoy se debilita. Ámbitos que deberían estar presentes
y actuar de manera convergente, pero que quizá son olvidados y actúan
con frecuencia en mundos paralelos. La lectoescritura es un arma
decisiva para el aprendizaje escolar, para la propia escolaridad;
pero su valor real de más trascendencia vital lo adquiere en el
mundo de la vida real, en el ámbito de la actividad cotidiana y
laboral, por una parte, y de la construcción del imaginario cultural
y la conciencia personal por otra. Las actividades productivas y
las de conciencia se benefician ambas si son mediadas por la lectoescritura:
planificar o no el trabajo o llevar un buen archivo de informes
de tarea en una empresa, o llevar o no un diario personal, pueden
marcar diferencias importantes en estos dos ámbitos de actividad
y conciencia.
La lecto-escritura puede operar como un arma escolar para dominar
el significado, y también como un arma personal para dominar el
sentido. El análisis de la alfabetización y la renovación de las
técnicas educativas en las dos últimas décadas se enfrentan a grandes
novedades en cada uno de estos dos ámbitos. Desde el punto de vista
cultural, se han producido cambios profundos tanto en el instrumental
cultural y en los códigos para construir cognitivamente el significado
como en los contenidos vitales para organizar el sentido. A la vez
(y sin que se haya hecho un reparto consciente y planificado) en
lugar de converger ambos en la escuela y la cultura cotidiana como
había sido propio de los modelos anteriores, la escuela se va a
ir especializando en ciertos códigos y ciertos contenidos y la cultura
extraescolar en otros. A medida que el desarrollo histórico de la
cultura ampliaba el conjunto de mediaciones de la representación
y de la mente, y cambiaban las actividades mediadas, la escuela
iba reduciendo su cobertura de ellas.
Desde el punto de vista pedagógico, los educadores y los psicólogos
de la educación por su parte van a centrarse durante algo más de
la primera mitad del siglo en modelos que enfatizan los conocimientos
y habilidades necesarios para aprender a leer (de decodificación,
vocabulario, comprensión fundamentalmente) elaborando la mayor parte
de sus teorías y métodos sobre ellos y su mejor aprendizaje. Podríamos
decir que se da un enfoque centrado en las técnicas y en las tareas,
y en las destrezas/déficits consiguientes, con un énfasis lógico
en materiales educativos específicos y en los procesos perceptivo-motrices.
No es óbice que los contenidos para ejercitar esas habilidades tengan
un valor sociomoral que varía de unos países a otros: identidad
nacional, religiosa, etcétera. Es cierto también que algunos pedagogos
como Freinet enriquecerán el enfoque en las destrezas/técnicas/tareas
con una seria preocupación por las actividades e intereses culturales
más socialmente significativos para dar sentido a esas rutinas y
destrezas.
Desde los años sesenta y sobre todo de los setenta el énfasis se
va a trasladar desde las destrezas y déficits a los procesos
cognitivos necesarios para el proceso lectoescritor y desde
el modelo de complejo –inarticulado– de competencias se pasará
a otro de arquitectura integrada de procesos y de
estrategias en su uso.
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